THIS WORLD OF WATER

Escrito por Fernando Ese Ele el 29 Marzo de 2022.

relato

Entré en el servicio y puse el tapón en el desagüe antes de abrir el grifo a tope. El agua subió inevitablemente, acercándose de forma intimidatoria al borde la bañera, hasta que la rebasó. Según iba derramándose sobre el piso del aseo emitía un susurro agradable que invitaba al relax. Pero no era cuestión de quedarse allí mucho tiempo. El líquido iba buscando los cauces para expandirse de forma lenta y voluptuosa, conquistando nuevas estancias con implacable parsimonia. En una hora o así el nivel había llegado a los dos centímetros en toda la casa y empezaba a colarse por debajo de la puerta camino del rellano, en busca de la escalera comunitaria. Para alimentar la corriente, dejé corriendo también los dos lavabos y la manguera de la terraza hasta que me decidí a salir.

Tomé el ascensor, que descendió raudo los diez pisos. Ya en la calle, dirigí mis pasos hacia el edificio de enfrente. Conocía la clave para franquear el portal, una información que pude sonsacar sibilinamente a la portera unos meses atrás, cuando la engañé diciéndole que iba a regar los tiestos a un amigo y que éste solo me había dejado las llaves del apartamento, sin indicaciones ni medios para poder franquear el portón de abajo. Por lo que estuve investigando en su momento, arriba del todo había unos peldaños con una trampilla al final para acceder a la azotea, un espacio yermo al que los vecinos no daban uso alguno. En aquellas circunstancias no podía pensar en un observatorio mejor. Desde allí, la visión de mi bloque era completa.

Aún tuve que esperar bastante antes de disfrutar de los primeros efectos de la inundación provocada. Sabía que en cuanto sintiesen los primeros efectos de la humedad, el resto de los inquilinos, desde el décimo piso hasta el primero, irían sumándose a la catarsis colectiva como fichas de dominó cargando unas sobre otras. Tuve la prudencia llevarme unos prismáticos. Así pude comprobar con satisfacción que la familia del noveno, una pareja joven con un niño pequeño que hacía poco había aprendido a andar, se encontraba en el único servicio de la vivienda y, con la serenidad propia de un desconocido ritual, aflojaban las llaves del lavabo y la ducha para dejar vía libre al fluido de las cañerías.

En el piso de al lado se desarrollaba una escena parecida. En este caso, los protagonistas eran tres estudiantes, dos chicos y una chica, que compartían gastos y posiblemente íntimos afectos cruzados. Es muy posible que esta última suposición solo sea producto de alguna de mis recurrentes fantasías sexuales, que suelen dispararse cuando me topo con alguno de ellos. Los jóvenes estaban chapoteando con los pies, alegres y desenfados, una vez puesto a brotar el fregadero de la cocina, cuyo contenido derramado por el suelo se fundió con el que procedía de los baños.

Enfoqué bien los gemelos y pude constatar que el inmueble iba empapándose de una forma contagiosa desde las últimas plantas hasta las más bajas.

Por las ventanas que aportaban luz natural a los descansillos descubrí a algunos inquilinos intentando derribar con improvisados arietes las puertas de las viviendas en las que no había nadie con la intención hacerlas contribuir a la orgía acuosa que se estaba desatando. Desde mi atalaya asistía a los acontecimientos con una fruición completamente desacostumbrada en mí.

De pronto, las sirenas de los camiones de bomberos rompieron el plácido murmullo de las aguas liberadas. La situación no podía resultar más sarcástica, con aquellos servidores públicos pertrechados con los mismos medios que supuestamente venían a combatir. Después de un periodo de confusión inicial, el jefe de la brigada ordenó desenrollar las mangueras y ponerlas a pleno funcionamiento. De entrada, los súbditos se mostraron escépticos, e incluso hubo algún que otro amago de indisciplina pero, una vez que el superior, sin alzar la voz y sin el menor gesto de imposición, hizo girar su espita, generando un potente chorro que se arqueaba antes de chocar contra la fachada como el lomo de un dragón, fueron replicando su proceder uno tras otro, cada vez más entusiasmados.

Hubo más equipos antiincendios con sus vehículos aulladores que se presentaron en el lugar de los hechos. Al principio se posicionaban en retaguardia, pero enseguida, animados por el festivo derroche del contenido de los depósitos congregados ante la presunta emergencia, contribuían a aquel estrambótico aquelarre de seres poseídos por un invisible Poseidón, borracho de mares, ríos, océanos, fuentes, acuíferos y manantiales.

Por entonces, muchos residentes habían salido a los balcones, en medio de una creciente algarabía. Desde el privilegiado puesto donde me situaba, advertí un movimiento de simpatía en el edificio colindante. De hecho, sorprendí a algunos de sus moradores alineándose sin tapujos con la operación grifo y dejando salir torrentes hacia el exterior. Algo parecido ocurrió en las demás fincas, que se pusieron a llorar por cuantos orificios tenían disponibles. El agua salía a borbones por todos los lados y se estaba adueñando de la plaza, donde a media mañana alcanzaba ya dos o tres palmos.

Los más atrevidos comenzaron a lanzarse hacia la imprevista piscina comunal que se había formado y cuando la profundidad fue mayor, pocos fueron los que se resistieron a gozar del chapuzón.

El jolgorio era atronador. La alegría estaba desatada. En medio de tanta desinhibición, las ropas eran lanzadas al aire dejando a la vista de la concurrencia una extraordinaria variedad de cuerpos, exhibidos sin tapujos entre gráciles brazadas y estilosas zambullidas. Niñas, niños, jóvenes, maduras, maduros, ancianas y ancianos en perfecta simbiosis gracias al líquido elemento. Déspotas y afables, arribistas y pusilánimes, feroces y dulces, insufribles y cordiales, atroces y tolerantes, implacables e indulgentes, asexuales y pansexuales, binarios y analógicos, juntos en el mismo caldo.

Bajé hasta donde pude, dado que la marea lamía ya la base del tercero. No quería mojarme por nada del mundo. Por suerte, me pude encaramar a un gran cajón que flotaba por allí. Haciendo pala con las manos, crucé hasta mi bloque sin recibir ninguna salpicadura. Me agarré a la barandilla de un balcón y entré en la vivienda. No había nadie y me dirigí hacia la puerta para llegar a la escalera y ascender hasta mi planta subiendo los escalones de dos en dos. Los grifos seguían brotando en mi ático y opté por cerrarlos. Luego me asomé y vi una especie de embarcación municipal que se aproximaba hasta el lugar donde se regocijaban los bañistas. Uno de los tripulantes agarró una larga cadena con un gancho en su extremo. Siguiendo las indicaciones de un compañero, la sumergió y tanteó el fondo con movimientos circulares, dando súbitos tirones hacia sí de forma aleatoria.

Aunque le costó un buen rato, en uno de esos lances al fin encontró una resistencia. Con enormes esfuerzos, entre tres subieron la cadena con la presa en su garra. Era la tapa de hierro de una alcantarilla sin ojal, pero con un pequeño asidero. Enseguida se formó un gigantesco remolino y todos los que estaban nadando fueron arrastrados por la fuerza centrípeta. El orificio engulló el agua hasta la última gota y cuanto está contenía. Nada ni nadie quedó en la plaza.

Me senté en el sofá del salón, profundamente aturdido. Hasta entonces no fui consciente de que antes de sentir el impulso de ir al servicio y abrir el primer grifo estaba sonando una antigua canción de New Musik. De forma inadvertida, la había dejado en modo bucle.

World of water,

where you swim for the other side.

World of water,

but you’re swimming against the tide.

World of water,

you can drown but you still survive.

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